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miércoles, 20 de agosto de 2014

Las mujeres: ¿culpables de todo?

La violencia contra las mujeres tiene una característica curiosa: tiende a rebotar la culpa contra ella, ya sea por su comportamiento, vestimenta, porque “provoca” al victimario o, por muchos otros motivos inventados por la sociedad patriarcal y refrendado por las mismas autoridades legislativas y judiciales.

La re-victimización sucede en todos los países sin excepción; en España, se acaba de levantar una polvareda social por el documento que publica el Ministerio del Interior, que brinda algunos consejos a las mujeres para evitar la violación.
Joyas como esta que dice: “Por las noches, evite las paradas solitarias de autobuses. Si el autobús no está muy concurrido, procure sentarse cerca del conductor”;  o esta otra: “No pasee por descampados ni calles solitarias, sobre todo de noche, ni sola ni acompañada”, han indignado especialmente a las mujeres y  saturado las redes sociales criticando al gobierno español.

La nota final del comunicado sugiere a las españolas que “si no puede escapar, procure entablar conversación con el presunto violador con el objeto de disuadirle y ganar tiempo”. Es decir, atemorizamos a las mujeres, les echamos la culpa de las violaciones y nos sacudimos la responsabilidad con las víctimas.

El informe reciente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llamado “Acceso a la Justicia para las mujeres víctimas de violencia en las Américas”, revela una situación preocupante en nuestro continente. Jueces, fiscales, policías y otros funcionarios estatales maltratan a las mujeres violentadas porque también están influenciados por los patrones socioculturales de discriminación que prevalecen en nuestra sociedad.

Los prejuicios e ideas erróneas que legitiman y justifican la violencia contra las niñas, adolescentes y mujeres, viene desde hace siglos cuando se consideraba que las mujeres eran seres inferiores y sin ninguna clase de derechos. Han avanzado los tiempos, y a pesar de que las mujeres ya son reconocidas como personas sujetas de derechos, aún prevalecen las ideas y actitudes de desprecio total hacia la mitad de la especie humana.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Reinas sin corona

Hace algunas semanas, un periodista le preguntaba a un grupo de niñas de un barrio marginado, lo que querían ser cuando llegaran a grandes, y una de ellas respondió que soñaba con ser reina de belleza.

La realidad social riñe muchas veces con las ilusiones de la gente. Es el caso de las mujeres en todo el mundo en que la verdadera situación de sus oportunidades y derechos, son desconocidos o violentados cada minuto. Revisemos sólo tres cifras aterradoras:

El número de mujeres maltratadas en Colombia, entre 2002 y 2009, fue de seiscientos veintisiete mil seiscientos diez, lo que no difiere de las cifras mundiales de violencia contr
a la mujer, según estudios del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la mujer. Esta horrible situación se traduce en que cada minuto seis “reinas de sus casas” sufren actos de violencia.

Según cifras de Womenslinkworldwide, el número de mujeres que mueren a causa del aborto anualmente es 68 mil, lo que equivale al 13% de la mortalidad materna. Dos tercios de los abortos practicados al año corresponden a mujeres de 15 a 30 años, y en América Latina, más de la mitad de los abortos se practican a mujeres de 20 a 29 años, según reporte de OMS.

Violadores que agreden a sus parejas, hijas o amigas, tanto en los hogares como en los espacios públicos; mujeres saudíes que les prohíben conducir sus propios vehículos, o madres que venden las virginidad de sus hijas, es el panorama desolador que viven nuestras mujeres, que alguna vez soñaron con ser reinas, aunque fuera en sus propias casas.

El machismo y los conceptos patriarcales de dominación y control de la vida de las mujeres, sumados a conceptos anacrónicos de tipo religioso o cultural, son los principales causantes de la violación de los derechos humanos de las mujeres.

Más que motivar a las pequeñas a disfrazarse de princesas o inscribiéndolas como modelos infantiles, debemos comenzar por concientizarlas de que su valor como mujer está en su autonomía y el empoderamiento de su propia vida, para que nadie trunque sus más bellos sueños. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Dueños de las Mujeres

Antes, no muchos años atrás, los hombres eran “los dueños” de las mujeres, un concepto que rigió los destinos de un mundo en que se las consideraba como inferiores, sumisas y obedientes.

Gracias a los avances sociales y jurídicos de los dos últimos siglos, se fueron cayendo uno por uno, todos los argumentos que calificaban a las mujeres como seres inmaduros y casi infantiles y hoy en día, podemos proclamar los derechos femeninos, incluyendo los derechos sexuales y reproductivos.

Sin embargo, las creencias y conceptos de la gente no han ido a la par de las leyes y tratados, y todavía en pleno siglo XXI, continuamos aferrados al pensamiento primitivo de que ellas son inferiores a los hombres. 

La violencia hacia las mujeres nace del convencimiento que tienen muchos hombres de que ellas tienen que obedecerles: él es el patrón, el jefe y el amo, mientras que ella debe ser sumisa y única responsable de que su matrimonio se conserve.

Veamos algunas situaciones que las mujeres viven, de manera visible o imperceptible, en condiciones de dominio e inferioridad con respecto a los hombres, tales como:

§  Necesita permiso para visitar a sus familiares.

§  No puede cortarse el cabello o ponerse una falda corta porque su marido se lo prohíbe.

§  No puede estudiar o trabajar porque a él le disgusta la idea.

§  Tiene que darle explicaciones detalladas de sus salidas, sus amigos o las actividades que hace fuera de la casa.

§  El parejo le retiene el sueldo o la obliga a entregárselo, con la excusa de que ella no sabe manejar su propio dinero.

§  No tiene autoridad sobre sus hijos y el papá es el que da la última palabra sobre los permisos o decisiones importantes.


Mujer: Reflexiona si esto refleja tu vida y empieza a actuar como una persona adulta con derechos iguales a los demás. Recuerda que nadie es dueño ni de tu cuerpo, ni de tu mente y mucho menos de tu vida.